EDITORIAL | RAZONES Y ARGUMENTOS

Un nuevo concepto de trabajo

Estamos en un mundo cambiante, y no solo por efectos de la pandemia. Debemos evolucionar con él y rescatar aquellos principios esenciales del ideario joseantoniano que están probando su razón de ser al compás de la evolución de la historia; empecemos con la consideración humana, profundamente humana y dotada de dignidad, del trabajo, que no puede quedar reducida a mercancía en el Mercado.

Un nuevo concepto de trabajo

Un nuevo concepto de trabajo

El confinamiento domiciliario por la pandemia ha venido a poner de manifiesto que ya existen nuevas formas de trabajo, muy poco desarrolladas hasta ahora, y que han demostrado que el concepto ha superado en mucho el que venían proclamándose desde las centrales sindicales y que era de uso común en la izquierda en general.

La realidad ha superado con creces el tópico acuñado desde la primera revolución industrial. Y acaso fuimos los falangistas los primeros al incluir en la categoría de trabajadores, no solo al obrero unido a la máquina, en imagen de la película Tiempos modernos, sino a todo aquel que apresta su esfuerzo en la producción, ya sea de forma manual o aportando conocimientos técnicos o de naturaleza intelectual, en función directiva o subordinada; las teorías sobre el management entrarían de lleno en este amplio concepto de trabajadores.

Evidentemente, no incluye esta concepción a aquella función que se limita a aportar el capital, entendido este como instrumento necesario, pero solo como herramienta, según aquella clásica definición: el capital son los medios de producción ya producidos y que sirven para producir.

Porque el trabajo viene definido sabiamente como función humana, y por ello debe estar dotado de la dignidad inherente a cada hombre, del mismo modo que la propiedad es la proyección del hombre sobre las cosas, resultado de la aplicación de aquel esfuerzo a la producción.

De ahí que nuestras antiguas propuestas –quizás hoy en día sobrepasadas por la circunstancia– llegaban a proponer que se sustituyera la relación bilateral en la prestación del trabajo, con formas más avanzadas de empresa, entendida como unidad productiva, en que todos los trabajadores, en este sentido amplio, tuvieran acceso a la gestión y a la propiedad.

Pero volvamos a la realidad presente: el teletrabajador ya no depende del hecho de fichar y de estar presente, sino que sigue aportando su esfuerzo no presencial. Y este fenómeno se está imponiendo en toda Europa. La propia empresa está cambiando, y esperamos que lo haga mucho más en el sentido societario apuntado.

Claro que los grandes detentadores del capital, a escala global, precisan de un nuevo proletariado, y lo están reclutando en el mundo de la inmigración y, también, no se olvide, con la depauperación de la clase media; en este ámbito se proyectan ahora las centrales sindicales, ancladas en los viejos conceptos.

Evidentemente, estamos en un mundo cambiante, y no solo por efectos de la pandemia. Debemos evolucionar con él y rescatar aquellos principios esenciales del ideario joseantoniano que están probando su razón de ser al compás de la evolución de la historia; empecemos con la consideración humana, profundamente humana y dotada de dignidad, del trabajo, que no puede quedar reducida a mercancía en el Mercado.

También, en la búsqueda de nuevas formas de producción y de empresa, en las que se conjugue la eficacia, la justicia y la dignidad del trabajador.


 

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