EDITORIAL

Más sobre la libertad.

Defendemos, ante todo, la libertad esencial, la que nace del recto uso del pensamiento y tiene su origen en el libre albedrío de la persona; a partir de ella, defendemos las libertades en la sociedad, que tienen como condicionantes respetar la libertad de los demás y las normas de convivencia.


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Más sobre la libertad.

Más sobre la libertad


En el anterior editorial de La Razón de la Proa mostrábamos nuestro recelo sobre la pérdida de libertad que estamos sufriendo en las sociedades avanzadas; y no nos referíamos solo a las libertades concretas, sino al propio concepto e idea de la libertad, uno de los valores eternos e intangibles que caracterizan al ser humano.

Dice el filósofo Rémi Brague que el hombre libre es el que está sujeto, pero a lo que está sujeto cambia dependiendo del entorno y de la circunstancia: un código de honor, las reglas de los gentlemen, lo que se debe hacer y lo que no. En cierto sentido, los hombres libres, los verdaderamente libres son los que están atados, mientras que nuestra libertad moderna muy a menudo es la libertad de los esclavos.

También, Bregue ilustra estas afirmaciones con la imagen del taxi libre y vacío; este no sabe donde irá, y podrá ser utilizado por el que lo tome y esté dispuesto a pagar la carrera; el ocupante decidirá… En nuestro caso, decidirán los intereses de otros, sus pasiones, la propaganda a la que nos someten…

La paradoja está servida: somos libres para que las apetencias del pasajero (grupos de presión, partidos políticos, grupos financieros…) nos hagan ir a un determinado destino, y no lo somos para actuar de acuerdo con los códigos propios, inspirados en nuestro pensar y sentir.

En nuestro caso, el código de conducta es el estilo, manifestación externa de la manera de ser, inseparable de la manera de pensar, en expresión de José Antonio Primo de Rivera; ese estilo se aplica en cada acto y en cada palabra, de una manera consciente o inconsciente.

Defendemos, ante todo, la libertad esencial, la que nace del recto uso del pensamiento y tiene su origen en el libre albedrío de la persona; a partir de ella, defendemos las libertades en la sociedad, que tienen como condicionantes respetar la libertad de los demás y las normas de convivencia y no ser la coartada para menoscabar a la colectividad entera, como es el caso del irresponsable, del egoísta, del separatista o del especulador.

Suelen ser, precisamente, los irresponsables, los egoístas, los separatistas y los especuladores quienes aspiran a asaltarnos, en plena calle, y a llevarnos a donde les dictan sus apetencias o intereses, como si fuéramos taxis vacíos.

Llevemos siempre llenos nuestros asientos de cultura, de valores, de pensamiento crítico y racional, y despreciemos, en consonancia, los gestos que nos hagan desde las aceras de la vida para ocuparnos y hacernos ir en la dirección que a ellos les convenga.

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