EDITORIAL

Indiferencia y sumisión.

La sociedad española está respondiendo al reto sanitario con una doble actitud contradictoria, que acaso siempre nos ha caracterizado en momentos decadentes; se podría resumir en los conceptos de indiferencia y de sumisión. Y ambos son negativos en extremo.

Indiferencia y sumisión.

Indiferencia y sumisión


Por estas fechas medianeras de agosto, coincidiendo con la Asunción, la mayoría de los pueblos de España celebran sus fiestas patronales. No así este año, debido a la pandemia del Covid-19 que tan mal están gestionando nuestras autoridades, entre palos de ciego y pugna de competencias.

La sociedad española, a todo esto, está respondiendo al reto sanitario con una doble actitud contradictoria, que acaso siempre nos ha caracterizado en momentos decadentes; se podría resumir en los conceptos de indiferencia y de sumisión. Y ambos son negativos en extremo.

El primero de ellos –el de los botellones, por ejemplo– equivale a irresponsabilidad y, si se quiere, falta de sentido solidario; es la típica actitud del echarlo todo a rodar, sin medir las consecuencias de los actos; responde a un criterio de individualismo, que de alguna forma se ha ido predicando desde hace muchos años y ha calado en amplios sectores juveniles.

Cada español se considera gobernante de sí mismo y ajeno al prójimo; esto alcanza su cénit cuando este prójimo pertenece a otra generación a otro sector social, a otras ideas de partido o a otra tribu o comunidad autónoma.

El segundo concepto, del de la sumisión, es propio de un pueblo de súbditos, que no se ciudadanos; cualquier ocurrencia que se le ocurra al mandatario de turno es aceptada sin rechistar, aunque roce lo estrafalario, lo ridículo o entre en franca discrepancia con la ocurrencia anterior.

En este caso, es la sociedad que llamaríamos adulta la que incurre en este defecto, quizás porque al español que vivió la Transición se le ha venido educando en que su voto en la urna ya era garantía suficiente de un buen gobierno de la cosa pública.

Nosotros tenemos otra idea de lo que debe ser una colectividad: el civismo y la disciplina social deben ir hermanados con el sentido crítico, libertad y responsabilidad forman un binomio inseparable; derechos y deberes constituyen un todo, porque nuestro objetivo –según José Antonio Primo de Rivera– era lograr la armonía entre el hombre y su entorno.

En épocas ya muy lejanas, y con el lenguaje propio de la época, el falangismo aspiraba a que un sentido militar de la vida informara la vida española; obsérvese que era un sentido militar y no cuartelero.

Este sentido, que hoy llamaríamos simplemente cívico, se puso de manifiesto cuando el español consideraba que el gobernante daba ejemplo, iba en cabeza cuando las dificultades eran apremiantes, y cuando sus decisiones estaban guiadas por la razón y la verdad; es decir, cuando la proa predominaba sobre babor y estribor, y la guía estaba dictada por el rumbo que marcaban las estrellas.

Ojalá jóvenes y adultos, todos los españoles, puedan llegar a hermanar un día un profundo sentido de la libertad personal y un no menos profundo sentido de la libertad colectiva.


 

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