EDITORIAL | ARGUMENTOS

Hagamos de la fecha un ideal para la vida.

Seguro que a José Antonio –cuyo asesinato conmemoramos el día 20– le disgustarían más sesiones necrológicas; bien están las oraciones por su alma y por la de todos los que dieron su vida por una España mejor, pero no recaigamos en el culto a la muerte cuando su obra constituye una promesa de culto a la vida.

José Antonio Primo de Rivera sostiene en sus brazos a su sobrino Miguel Primo de Rivera y Urquijo (San Sebastián, 1934 - Madrid, 2018).
José Antonio Primo de Rivera sostiene en sus brazos a su sobrino Miguel Primo de Rivera y Urquijo (San Sebastián, 1934 - Madrid, 2018).
Hagamos de la fecha un ideal para la vida.

Hagamos de la fecha un ideal para la vida.


Seguro que a José Antonio –cuyo asesinato conmemoramos el día 20– le disgustarían más sesiones necrológicas; bien están las oraciones por su alma y por la de todos los que dieron su vida por una España mejor, pero no recaigamos en el culto a la muerte cuando su obra constituye una promesa de culto a la vida: para la vida de España, asediada –ayer y hoy– por los secesionismos insolidarios y por las mediatizaciones foráneas, y por la vida digna de todos los españoles, actualmente en especial por aquellos a quienes la tremenda crisis económica ha golpeado más duramente.

En lugar de los crespones de luto y el desgarramiento tétrico, propio de los cuadros de Solana, José Antonio Primo de Rivera insistió en que quería una España alegre y faldicorta, en la que tuviera lugar una primavera de forma perenne.

Por el contrario, la España de hoy vive en un crudo invierno que no tiene nada que ver las estaciones del año y sí con las estaciones del alma de nuestros dignatarios y teóricos representantes.

Son, así, cada vez más lúgubres las sesiones de un Parlamento –hoy en gran medida ausente– donde priva la zancadilla contra los propios y la condena contra los ajenos; donde, aprovechando la expansión incontrolada de un virus sanitario de alcances mundial, campean por sus anchas otros virus: los del separatismo aliado de un gobierno mendaz, los del rencor histórico del sectarismo, y, para que no falte nada, los de la ineficacia y los de la mala educación.

Fiel reflejo de ese Parlamento –¿le llamaremos nacional?– son los diversos parlamentos de las taifas autonómicas, donde se piensa más en el interés de partido (a veces, hábilmente intrincado con el interés personal) que en el bien común, en el interés de los ciudadanos que, fuera de los escaños, sufre las crisis sanitaria, económica y social.

Los ámbitos de la España oficial son los que están decorados con los crespones negros de la tristeza: son la verdadera España negra, que, a su talante fúnebre, une los ribetes de lo grotesco, como aquellas pinturas negras del genial artista de Fuendetodos.

Llevemos nosotros, los joseantonianos del siglo XXI, a la España vital, la que sufre las consecuencias de la oficial y quiere trabajar y disfrutar de una vida auténticamente democrática, la imagen minifaldera y alegre –que no frívola– de la promesa que encierra el recuerdo y la actualidad de José Antonio.

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