EDITORIAL

El fin y los medios

El maquiavelismo (o lo que se considera como tal) es el método habitual de hacer política al uso. (...) Para el gobernante o para el aspirante a serlo, cualquier medio es adecuado para obtener los fines que persigue. (...) El fin justifica los medios es habitual en las democracias. (...) Para una conciencia religiosa, más concretamente cristiana, no es así; ni lo puede ser, por derivación, para una conciencia falangista.

El fin y los medios

El fin y los medios


El maquiavelismo (o lo que se considera como tal) es el método habitual de hacer política al uso. El laicismo que subyace en el Pensamiento Único ha eliminado por sistema cualquier norma ética para el ejercicio político, y no digamos las categorías de moralidad que puedan proceder de estimaciones de carácter religioso. Nuestros reyes del Siglo de Oro se sabían sujetos a la ley de Dios, y, en último término, confiaban sus decisiones al confesor; los gobernantes desde la Modernidad dicen acatar una supuesta voluntad general, que ellos mismos se encargan de interpretar y de manipular.

Así, para el gobernante o para el aspirante a serlo, cualquier medio es adecuado para obtener los fines que persigue, siempre con la salvedad de que, si esos medios son claramente ilícitos, no traspasen al dominio público, y ello no es nada difícil si se cuenta con unos medios convenientemente amordazados por las subvenciones.

No se piense que estamos hablando de regímenes dictatoriales, a menudo caricaturizados, sino que estas esta estrategia de que el fin justifica los medios es habitual en las democracias, por nombre más completo, totalitarismos democráticos encubiertos. La prensa se limita a sugerir, anunciar y rectificar (o silenciar). Lo podemos observar a diario. Por otra parte, desde que se decretó la muerte de Montesquieu, el ámbito judicial suele ir por senderos semejantes de disimulo, opacidad o demoras temporales sine die.

Para una conciencia religiosa, más concretamente cristiana, no es así; ni lo puede ser, por derivación, para una conciencia falangista. Para nosotros, el fin nunca ha justificado los medios. Algún cínico dirá: Y así les ha ido… Sin asomo de cinismo y con exacta visión, el maestro Enrique de Aguinaga dice que José Antonio fracasó con éxito, igual que sus seguidores que no han descuidado aquel estilo o modo de ser, cuya observancia era su mayor preocupación.

Lo enunciaba ya aquella Oración por los muertos de la Falange que escribió Sánchez Mazas y que presidía el despacho del escritor catalán Juan Perucho: A la victoria que no sea clara, caballeresca y generosa, preferimos la derrota; y continuaba con una súplica: Aparta, así, Señor, de nosotros todo lo que otros quisieran que hiciésemos y lo que se ha solido hacer en nombre de vencedor impotente de clase, de partido o de secta

Así lo aprendimos varias generaciones al aire libre, y así lo llevamos a la práctica diaria, porque esperamos que algún día otros que nos sucedan sigan pidiendo al Señor heroísmo para cumplir lo que se ha hecho siempre en nombre de un Estado futuro, en nombre de una cristiandad civilizada y civilizadora.

En este cumplimiento del estilo, radica el éxito que sigue acompañando, en nuestros días, al fracaso de José Antonio.


 

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