EDITORIAL | ACTUALIDAD

¿Pero alguien esperaba otra cosa?

Solo un proyecto nacional ilusionante, por encima de la clasificación de derechas e izquierdas, hubiera podido ser el catalizador de un frente común, no simplemente anti o contra, sino a favor de la unidad de España.


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¿Pero alguien esperaba otra cosa?

¿Pero alguien esperaba otra cosa?


Los resultados de las autonómicas de Cataluña del domingo pasado no han arrojado excesivas sorpresas. Se mantiene la preponderancia separatista, repartida entre los diferentes partidos y facciones, nada de extrañar cuando los recursos mediáticos, de propaganda y en la Enseñanza, tanto públicos como privados, siguen estando en las mismas manos, y se mantuvieron y acrecentaron tras el melifluo 155 de Rajoy y el posterior colaboracionismo del Gobierno de Sánchez-Iglesias.

En este aspecto, no olvidemos el tirón experimentado por la salida de los presos (¿tercer grado, indulto o amnistía larvados?), que ha dado resultado en punto al victimismo y, a, la vez, a la sensación de triunfalismo, elementos consubstanciales a cualquier nacionalismo irredento que se precie; el Gobierno español ha sido cómplice fiel de esta efervescencia, que se ha notado en las urnas. A pesar de todo, casi la mitad del electorado se quedó en casa…

En paralelo, la operación Illa (en realidad, operación Iceta) dio cierto resultado pírrico, lo que prueba la tremenda ingenuidad y tragaderas de unos electores sobre la capacidad de gestión de sus preferidos; en todo caso, la subida del PSC no creemos que redunde mucho que digamos en integrar una sociedad profundamente dividida como es la catalana.

El escándalo de los separatistas (y de los otros, claro) ha sido la entrada triunfal de Vox, con once diputados, por encima de la CUP, de los Comunes y, por supuesto, de Ciudadanos y del PP.  Con respecto a este último (dicho sea sin intención), nos imaginamos que le deben saber a amargo aquellas duras palabras del señor Casado en el Parlamento español cuando la moción de censura: ¡Hasta aquí hemos llegado…! Efectivamente, el PP ha llegado hasta aquí, con sus tres diputados; su papel como oposición llega a mínimos, en Cataluña y en Madrid.

De Ciudadanos hay poco que decir: ha recogido los frutos de su errante camino, de su diletantismo, de su escapada a la hora de asumir responsabilidades hace tres años y de su ambición por llegar a la carrera de San Jerónimo en triunfo; y, de cara a sus electores, esta es la cosecha de haberlos defraudado, cuando era la gran esperanza blanca frente al separatismo.

La prensa de derechas sigue quejándose amargamente de que no se haya podido lograr la unidad de los constitucionalistas. ¿Unidad de quiénes y en nombre de qué? Solo un proyecto nacional ilusionante, por encima de la clasificación de derechas e izquierdas, hubiera podido ser el catalizador de un frente común, no simplemente anti o contra, sino a favor de la unidad de España.

A tenor de esto último, añadiríamos el patetismo de ABC de las últimas semanas, empeñado en demostrar que Cataluña iba perdiendo peso económico debido al separatismo. Una vez más, la derecha liberal ha demostrado que defiende una actitud materialista y economicista de la vida, en lugar de poner por delante los valores del espíritu, de la cultura, de la historia y, sobre todo, de ese proyecto nacional español, que sigue brillando por su ausencia en esta etapa, entre mediocre y funesta, de nuestra patria.

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