RAZONES | ARGUMENTOS

La cadena y la antorcha

Artículo destacado a modo de editorial, publicado en...
el boletín Nº 31 de 'Mástil Digital', de octubre de 2014.
​Editado por la Hermandad Doncel.
Ver portada de Mástil Digital en La Razón de la Proa.

La cadena y la antorcha

La cadena y la antorcha 

Uno de los grabados de mi despacho corresponde a la estatua del relevo generacionaluna figura yacente que entrega una antorcha a un joven jinete– que está situada en la Ciudad Universitaria de Madrid. Entre este recordatorio y el vencimiento de los años, no es extraño que cada día dé más importancia al tema de las generaciones, como habrán podido comprobar los lectores de Mástil Digital.

Cada vez más, soy consciente de que la teoría de las generaciones no es un feliz descubrimiento de Jakobson, sino procede de la realidad en la que estamos inmersos de hoz y de coz, y que tiene mucho que ver con nuestras actitudes y –como dije hace poco– con nuestras responsabilidades.

Cada generación asume una serie de responsabilidades –si se quiere, no jurídicas, pero sí morales e históricas– con respecto a las generaciones precedentes y con relación a las sucesivas, de tal forma que existe una poderosa interacción entre todas, que, simbólicamente, no se puede limitar a la antorcha, sino que debe ampliarse al símil de la cadena (no creo que represente un reto para nuestra menguada memoria recordar la consigna eres un eslabón de la cadena).

Las responsabilidades en relación con las generaciones anteriores podrían enumerarse del siguiente modo:

a) Agradecer su herencia (aquella aceptación de gratitud a las enseñanzas de los mayores) de experiencia, conocimientos y consejo; tomar buena nota de todo ello y seguir aprendiendo, con humildad, mientras esas generaciones sobrevivan. 

b) No intentar repetir lo que hicieron, sino construir a partir de los cimientos que han dejado.

c) Tampoco, intentar imitar sus actitudes, sino adivinar qué actitudes adoptarían de estar en nuestro momento.

d) No dilapidar su herencia por orgullo o estupidez, pues muy raramente la historia admite hijos pródigos arrepentidos; eso no excluye, en modo alguno, la aventura que pueda suponer acelerar, en salto revolucionario, la herencia, si los logros de la generación anterior han sido erróneos o han resultado malogrados.

También podemos atrevernos a enumerar las responsabilidades hacia las generaciones siguientes:

a) Pasar el testigo de inquietudes y valores, especialmente.

b) Ofrecer conocimientos y experiencia propia y consejo, sin imposiciones.

c) No estorbar su camino, que es cabalmente lo que nosotros no hubiéramos consentido de la generación anterior.

De no asumirse este cúmulo de responsabilidades, la cadena puede romperse por deficiencia de uno de sus eslabones, lo que producirá inevitablemente, a la larga o a la corta, un sentimiento de frustración de la generación o generaciones desatendidas por esta falta de responsabilidad; esta frustración puede, incluso, adquirir el nombre de pecado histórico, y de él son reos quienes lo han cometido en un momento de desvarío, de obcecación, de pereza o de desaliento.

En este caso, la generación o generaciones afectadas adquieren el derecho de maldecir a la generación causante del vacío, y el terrible esfuerzo de enmendar el yerro, de recomponer los eslabones de la cadena, puede entrar en la categoría de lo sublime y de lo heroico.

Sería el caso –y es un suponer, como advertirá el amable lector– de que una generación de españoles tuviera a bien romper España en pedazos; aun cuando esta fractura hubiera adquirido todos los beneplácitos de democrática y legal, la generación causante no podría evitar la maldición histórica por los siglos.

Descendamos, ahora, de lo general a lo particular, o, si se prefiere, a lo familiar, y hablemos de nuestras generaciones, pues la mayoría de los socios de la Hermandad Doncel pertenecemos a la que se podría denominar familia azul, que lleva cuatro generaciones de existencia, si bien sus raíces pueden rastrearse en la dilatada historia de España, desde el Doncel de Sigüenza, Garcilaso, Quevedo o Jovellanos, pongamos por caso.

La primera generación, la de los años 30, vivió aquel enfrentamiento entre hermanos y hoy casi ha desaparecido por el escotillón de la historia.

La segunda, la que cantó una primavera que quería para todos los españoles y confiaba en una revolución frustrada, va tras los pasos de la primera, por inevitable sentencia vital.

La tercera es la de nuestros mayores, aquella en la que cundió la desilusión sin degenerar en escepticismo o en desaliento…

La cuarta, nosotros, es la que ha sido llamada, pomposamente, generación del 68, pero que merece, mejor, el nombre humilde de generación del 60.

Los rasgos comunes entre todas las generaciones familiares son varios, pero podemos destacar tres:

España, como dolor e ilusión; el servicio, como estilo de vida; José Antonio Primo de Rivera, como referencia ideal. Cada generación intentó transmitir a la siguiente lo mejor de sí misma, empezando por la ejemplaridad; también, como es lógico, cada generación se las tuvo con la anterior…

En este momento histórico, nosotros, la generación de los 60, estamos ante retos obligados: qué asumimos de quienes nos han precedido, de los que algunos persisten en la constancia y el bien hacer; cómo podemos recoger su antorcha, sin que cunda el desaliento entre nosotros o la pereza sea nuestra única guía; qué hemos sido capaces de innovar y qué nos queda por crear…

Y, especialmente, qué debemos hacer por las generaciones siguientes –que las hay– y que llevan, como nosotros llevamos en su momento, su propio paso y su propia luz. En mucha medida, este último reto depende de hecho de ser capaces de recoger una herencia, de aceptar la antorcha, y será imposible de asumir si, por dejadez, cansancio prematuro o frivolidad, permitimos que se apague en sus manos.

Todo esto hemos de debatirlo sin pausa, porque el tiempo corre. Pero lo que en modo alguno podemos hacer es ser ingratos con las generaciones anteriores y no cumplir nuestro papel –de eslabón de la cadena y de receptores de la antorcha– con quienes deben sucedernos por imperativo histórico… a riesgo de ser maldecidos por ellos.


 

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